Gervasillo

Me disponía a volver a casa luego de una jornada relativamente en calma, diametralmente opuesta al ritmo frenético que marcó la oficina en los días anteriores al incremento de cierto impuesto. Parecía que todo lo que podía salir mal estaba cubierto. Sin embargo, estaba seguro que el fantasma de Murphy pasaría revista dentro de poco, pero al menos esa noche del primero de junio decidí que quizás él también tenía hijos, y que estaría ocupado por unas horas. Las suficientes, en cualquier caso.

Para el momento que llegara a casa, gracias al maravilloso tráfico con el que uno tiene que lidiar a diario, seguramente Dana y Daniel estarían dormidos. Podía haberle dicho a Dani que los mantuviera despiertos, pero a veces siento que cambiarles en algo la rutina de acostarse para ir a la escuela al día siguiente, viene a ser como aquello de alterar el pasado y matar al abuelo, como la mariposa en la bota según Bradbury, y no, me gana la paranoia y... ¿Era eso un trueno? En fin, un dulce y un juguete para cada uno; ya los verían a la mañana siguiente. La factura por la compra en cuestión me miraba con ojitos entreabiertos al 14%. Suspiré.

Mientras circulaba por el centro pensando en esta y otras estupideces, veía niños y padres paseando por las calles, comiendo manzanas acarameladas o algodón de azúcar. Un par de payasos haciendo reír a un coro de personas (¿qué ya a nadie le asustan los payasos?). Un pobre tipo disfrazado de Barney (no, no el Stinson, sino el púrpura), y unas cuadras más adelante, otro disfrazado de Olaf, saltando y bailando de modo tal que hacía que uno se preguntara si los movimientos eran parte de la rutina o estaba sufriendo convulsiones originadas por el calor del traje. ¿O tendría algún bicho venenoso dentro y estaba sufriendo sin que nadie se percatara? No hubiera querido estar en su lugar.

Y entonces, esperando por el cambio del semáforo y a algunos carros de distancia, vi al niño. De unos siete, ocho años, quién sabe. Vestía una camiseta de la selección de Colombia. ¿Era el número cinco o el seis? No logro recordar.

Lo que sí recuerdo es la caja de chocolates que llevaba en la mano.

No para comerlos, sino para venderlos.

No podía despegarle la mirada. Iba solo, con la mirada en el suelo, alejándose de la fila de vehículos que esperaban pasar. No era como en otras ocasiones que pasan entre los carros, ofreciendo los dulces a quien quisiera comprar. Se alejaba simplemente. El semáforo cambió y para cuando llegué a la altura donde él estaba, había recorrido bastante trecho. La mirada del vigilante y las puteadas de los otros conductores me recordaban que debía avanzar con rapidez.Tal vez la caja de chocolates estaba vacía, o casi vacía, y no tenía necesidad de seguir vendiendo. A lo mejor ya no esperaba vender más. Quisiera creer lo primero.

Tal vez se iba a encontrar con algún familiar. Madre, padre, algún hermano; quizás no estaría tan solo. No sabía si alegrarme o deprimirme al pensar de esa manera. Acaso era mejor que encontrarse con algún desconocido, de los que pertenecen a aquellas mafias que ponen a los niños en las calles a vender, porque saben que es más probable que la gente se compadezca y compre algo, manteniendo aquel ciclo sin fin de la indigencia.

¿Qué hace ese niño en mitad de la calle, vendiendo chocolates, en su Día? Debería estar riendo, o disfrutando un juguete nuevo. Compartiendo con su familia una noche feliz, comiendo algodón de azúcar o manzanas acarameladas. Debería estar en cualquier lugar, menos solo, en la calle.

Entonces recuerdo también a los niños afectados por aquel terremoto. Los que perdieron su casa, sus familias. También a los niños del Hospital Roberto Gilbert, de las salas, de cuidados críticos e intensivos, y a sus padres. A los que conocí, los que veía día a día. Y me acuerdo de los que desgraciadamente vemos a diario en las noticias, por ser víctimas de violaciones, de guerras y del hambre. Los que son inducidos al tráfico o al consumo de drogas. Los están lejos y los que vemos sin mirar en cada esquina.

Para ellos da igual que suba el IVA, que el tráfico sea una putada, o que Olaf se esté cocinando (quién sabe si hace lo necesario para a sus hijos alimentar). Para todos ellos Murphy no tiene descanso, o si lo tiene, luego hace sobretiempo. Y se siente un vacío en el estómago al recordar (porque en el fondo siempre, siempre lo sabemos) que allá afuera hay otros niños que se no se ven pero que existen, y que están mucho peor. Niños para los que la inocencia no es más que una palabra vacía, pues han visto y sufrido lo innombrable.

En esos momentos uno siente la necesidad de salir corriendo y hacer algo. Por aquel niño al menos. ¿Comprarle los chocolates y hacerle el juego a las mafias? ¿Regalarle algo? Pero esto se me ocurre ya a algunos kilómetros de donde lo vi. Tal vez se habría ido, cual Gervasillo al que no encontraría aunque lo llamara a gritos y preguntara específicamente si lo habían visto. Tal vez el esfuerzo era inútil, o tal vez simplemente me faltaba valor y me sobraba egoísmo y vergüenza para volver. Demasiados tal vez.

Y aunque las lágrimas corrían por mi cara y me impedían ver el tráfico, sabía que eventualmente volvería a preocuparme por cosas más mundanas, como el ruido raro que hace el carro de vez en cuando o las deudas por vencer de la semana que viene. Y que con aquel vacío en el estómago -no comparable ni de lejos al vacío que seguramente aquel Niño siente día tras día-, besaría a mis hijos en mitad de su sueño y les desearía feliz día, y daría gracias por tenerlos, aunque destrocen la casa de vez en cuando. 

Comprando casa

La voz del vendedor sonaba convincente, al otro lado de la línea. Al parecer, yo pertenecía a un selecto grupo de clientes, registrado quién sabe cómo en una base de datos, a quienes ofrecían paquetes funerarios a precios bomba. "Porque hay que pensar en esas cosas: Usted sabe, no tenemos la vida comprada, no sea que estire la pata antes de tiempo; a los que se quedan el dolor no ayuda a tomar la mejor decisión, y no hay que dejar desamparada a la familia, no, no y no..."

Seguramente estaba con las defensas psicológicas bajas, porque el mensaje me hizo yuyu, al punto de aceptar una visita del vendedor. Agradecí la llamada (cosa impensable) y colgué. Entonces vino la reacción.

¿Usó la palabra: "Vida eterna"? Creo que los cementerios no están precisamente "llenos de vida". Ah, y alejado del ruido. Genial. Sobretodo porque cuando esté dos metros bajo tierra escucharé todos los ruidos de la calle. ¿Sabía usted que el sonido viaja más rápido por tierra que por aire? No podría, eh, digamos, descansar en paz con tanto escándalo. ¡Y a un precio promocional! Inmejorable. Seguramente por San Valentín. ¿Tendrán algún plan navideño también?

La idea de adquirir la que vendría a ser mi última morada era algo que me ponía los pelos de punta. Y a punto estuve de llamar a cancelar la cita. Sin embargo, decidí darle una oportunidad al vendedor, total, no estaba de más saber cuánto le costaba a uno morirse. Y si era cierto que los precios eran una ganga, hasta cabía la posibilidad.

Dos días después el vendedor se apareció por la oficina. Llevaba una carpeta llena de cotizaciones, fotos y demás documentos. Uno a uno fue mostrando los diferentes planes "para todo presupuesto".

- ...Y tenemos el plan "Elija su lote". Donde usted sabe de antemano el lugar dónde lo van a enterrar.

Genial. Así podría llevar a mi familia y amigos a que conozcan mi futura casa. Que vayan sabiendo, no sea que luego se pierdan. Hasta se podría organizar una chupa... ¿Qué tal unas fotos del antes y después?

- ...O sino, el plan "Donde te toque". No, no ponga esa cara señor, no es que lo vaya a tocar. Me refiero a que allí se ve la disponibilidad; lo ubicaremos en su momento en alguno de los sectores, bueno, no tan exclusivos.

Ese no me gusta tanto. ¿Y si hay una epidemia y esa vaina se llena? No me vendrán con un: "¡Siga, que al fondo está vacío!".

- También incluimos el paquete completo: Sala con Wi-fi, sofás reclinables y meseros para el café...

Posi. Para que los tristones no vayan a hacer marranadas sirviéndose café sobre esos sofás tan caros... Y los malcriados que deseen puedan tomarse un selfie con mi caja y subirla sin demora al Instagram. Que usen un buen filtro, al menos.

- ¡Y también un cantante! ¡Con el guitarrista!

Esto es lo máximo, al menos no estará aburrida la cosa. Aunque dudo mucho que pueda escuchar al cantante o un solo de guitarra, pero... ¿Me dejan elegir la canción?

- Y todo esto por tan sólo $$$$$. Financiado, si prefiere.

Ouch. Quitando lo del guitarrista, todo me viene de perlas. Pero está caro, oiga. ¿Tarjeta de crédito? Oh, temo que no, los intereses son muy caros, las tuve que perforar todas. ¿Metálico? ¿Me vio cara de rico?

- Eeeh... Bueno, está también este plan económico, por solo $$$$...

Definitivamente teníamos ideas diferentes de qué significaba "económico". Al final, rogando que a la salida de la oficina no me mate algún pedazo de roca espacial, tuve que decirle que no al señor vendedor. Seguramente era una ganga y todo, pero no.

Así lo pude comprobar: resulta caro vivir, pero también morirse.

Las cruces sobre el césped

Por designios del destino (y del curro) estuve en Quito hace pocos días, cuando la campaña en contra de la violencia contra la mujer “No más cruces rosadas” estaba en su apogeo. Boludeando cual turista por La Carolina, pensando seguramente en idioteces, me encontré con esto:

(Aquí debería ir una foto, pero la que tomé sencillamente apesta, así que a usar la imaginación...)

Había un grupo de cruces de madera color rosa plantadas sobre el césped del parque, contrapuestas a la Cruz del Papa. Por lo visto, la campaña había sido forrar enteramente la gran cruz de concreto, pero a esas alturas, debido al viento, solo quedaban retazos de lona hecha jirones. Lejos de allí, sobre una de las faldas del volcán descansaba una gran cruz rosada, visible desde la distancia.

Un grupo de personas se tomaba selfies frente a las cruces. Entre risas despreocupadas, ensayaban las mejores poses frente a ellas. Esperé a que terminaran su sesión y se alejaran para verlas más de cerca. Eran varias, de tamaño medio. Tal vez su número tenía un significado, tal vez no. Y tal vez el que lo tuviera me hizo sentir escalofríos de contarlas.

Personalmente, no entiendo cómo hay gente que se escandaliza por la palabra “puta” en una valla, y no detiene a pensar en el mensaje de fondo. Porque detrás de esa palabra, de esa valla, a un razonamiento de distancia, está la sombra de un número incontable de cruces. De todas las edades, formas y tamaños. Algunas descansando sobre un campo de césped, otras aún sin descanso a pesar del tiempo. Silenciosas al oído, pero clamando a la razón de quienes las observan.

¿Es tan difícil de entender que la palabra “puta” busca resaltar, entre otras cosas, el problema del machismo imperante en la sociedad? ¿No debería llevar a exorcizar ese machismo enquistado en las sensiblerías de gente que parece sacada del siglo XVII, que se ofende y quizás hasta se cubre el rostro al ver cuatro letras en un cartel? ¿Se lo cubren y se rasgan las vestiduras también cuando una de aquellas mujeres es asesinada? ¿O (aterra pensar que) comulgan en secreto con aquellas execrables palabras del “por puta te pasó”?

Siempre es más fácil atacar al mensajero. En este caso, una palabra y una valla.

Leí poco después que las vallas eran retiradas. El puritanismo y el machismo le decían, lamentablemente, una vez más qué hacer y qué no a una mujer (y a toda una sociedad). Apuesto que hubieron palmaditas en la espalda, felicitaciones y declaraciones de júbilo entre los autollamados defensores de la moral y las buenas costumbres. Tal vez reían, como el grupo de los selfies ante las cruces, dando más importancia a lo que ven que tratando de discernir el verdadero significado de las cosas.

Mientras tanto, las cruces siguen allí. Y no precisamente en un parque.

Caridad para el año viejo

En la soleada mañana del último día del año, el hombre que bordeaba los cincuenta años cargaba con una sola mano un monigote del Pájaro Loco (tan liviano como otros hoy en día gracias a la tecnología de los moldes), al tiempo que extendía la otra en ademán de recibir algo, y avanzando sonriente, disparó a quemarropa: “¡Ingeniero, una caridad para el año viejo!” Aunque el hombre luego declaró tener su negocio justo en frente del trabajo de su interlocutor, aquello molestó sobremanera a este último, porque para empezar, no era ingeniero. Y para seguir, nunca antes lo había visto.

Todos los años sin falta, en los últimos días de diciembre, el custodio de la entrada de cierta empresa compraba un año viejo de aserrín y pedía caridad a los trabajadores de la empresa del frente, que estacionaban sus vehículos en una calle compartida. Se acordaba que existían solo en esas fechas, en que podía sacar “para las camaretas”. No importaban los robos ocurridos durante el año en esa calle, o que hubiera notado la presencia de sospechosos regularmente y decidido hacer poco, o nada, para ponerlos sobreaviso. Desde la otra acera llamaba a voz en grito: “¡Colabore con el año viejo!” Si el interlocutor respondía que no tenía dinero (o ganas) para colaborar en aquel momento, contraatacaba mecánicamente con una sonrisa cómplice: “Está bien, ingeniero. ¿Más tarde, entonces?

La niña se acercó, dubitativa, a la puerta. Si bien sentía cierta timidez, pensó que lo peor que podía pasar era que le dijeran que estaban chiros y se fuera a freír monos. Así que resuelta, tocó el timbre. Mientras notaba lo poco que pesaba su monigote de la Pantera Rosa recién comprado, se dio cuenta que desde el otro lado del cristal un rostro la observaba, con mirada de extrañeza, a través de unos ojos que delataban un par de malas noches. Cuando escuchó de su interlocutor un lacónico “Sí, ¿dígame?”, se sorprendió. ¿No era evidente el viejo que traía consigo? “Medio bobo ha de ser”, pensó. Al final contestó, si bien algo azorada: “Una... caridad para el viejo”.

El interlocutor recordó las razones que esgrimió mentalmente para mandar a volar inmisericordemente al hombre del Pájaro Loco, y para sufrir una inexplicable sordera temporal ante el guardia. ¿Caridad? ¿Colaboración? ¿Para la botella de aguardiente? ¿Se dan cuenta que existo solo cuando piden plata? ¡Parecen aquellos que no saben ni tu nombre y piden plata para comprarle la torta a algún fulano en su cumpleaños, o que ni siquiera contestan el saludo y solo aprovechan para pedir donaciones en Navidad! ¿Camaretas? ¿Qué, no ven las noticias de los afectados de por vida por explosivos? ¿Qué mierda les pasaba?

No había ninguna obligación moral de entregarles un solo centavo. A fin de cuentas, era su centavo, ganado con sacrificio, y ningún Loquillo o muñeco con extremidades de embutido le había ayudado a conseguirlo. Eso lo llevó a pensar irónicamente en lo inútil de quienes estudian para conseguir títulos profesionales, cuando fácilmente se obtienen de los extraños por mayoría de votos. También pensó que, a diferencia de ellos, por su propio Año Viejo de El Chupacabra, hecho a pulso con trasnochadas de por medio, la única recompensa que esperaba recibir no era plata sino solo un: "¡Está chévere!"

Sin embargo, se dijo a sí mismo que al menos la tercera “contribución” de aquel día no provenía de una “viuda”, a la que hubiera puteado, sino de una niña, seguramente no acostumbrada a esos tratos. Quiera Dios que no fuese para camaretas. O aguardiente. En fin, eso ya se lo dejaba a Él.

Al final suspiró, cerró la cortina, encontró una moneda (veinticinco centavos, no más, que ya era bastante), abrió la puerta y extendió el dinero, pidiendo disculpas por lo poco de la “caridad” (¡faltaba más!) Y mientras la niña, contenta, se alejaba con un “¡Gracias!”, se dijo para sus adentros: “Al menos esta vez no me llamaron ingeniero”.

Réquiem por un diente

Originalmente iba a escribir estas líneas algunos días atrás, pero varias situaciones, contrariedades y circunstancias conspiraron para mantenerme ocupado. Lo cual fue bueno, para bajarme la calentura del momento, y a la vez malo, porque poco me importaban las correcciones políticas. No ahondaré en detalles, que ya no vale la pena amargarme más, pero lo cierto es que Dana perdió un diente de leche hace unos días. Y solo a mí parecía importarme un carajo.

No, no fue de manera natural, por ello mi coraje. Todo se debió a un juego con otra niña, una caída, un golpe. Y unos días después, a la bolsa del Hada de los Dientes. A todo esto, en mis tiempos era el Ratón. Ni siquiera el Ratón Pérez, que el pobrecito debió ser bastardo porque no tenía apellido. ¿Dónde carajos se torció el camino? Sinceramente, al escuchar las palabras "Hada de los Dientes" no puedo evitar pensar en Dwayne Johnson (gracias a que cierto amigo, en cierta reunión puso la susodicha película, y me arruinó el subconsciente). Trato de pensar en el hada azul de Pinocchio, pero no, no me sale, solo veo a La Roca con sonrisa Colgate volando en mallas. Por lo menos con el ratón pensaba en Stuart Little.

Como dije, no ahondaré en detalles ni divagaré más de la cuenta. Prefiero escribir no sobre el accidente, sino sobre las reacciones del público. El 98% de quienes supieron del asunto seguían este guión:

1. Mostrar cara de sorpresa.
2. Mostrar cara de preocupación (sobretodo al ver o escuchar aquello de las "cubetas de sangre e ida al hospital")
3. Invariablemente preguntar: "Pero qué, ¿es diente de leche o permanente?"
4. Al escuchar la respuesta, rematar con un: "Ah... No importa, le vuelve a crecer."

No importa.

Las dos palabras que, aplicadas a mi hija, no pueden estar más fuera de lugar.

No importa.

Al principio, cuando escuchaba esos sapientísimos "No importa", me imaginaba actuar como el tipo de "Alta Fidelidad", que le rompe los dientes (ironía no intencional) de un telefonazo a Andy Dufresne y termina aplastándole la cabeza con un acondicionador de aire. Luego, me limité a torcer los ojos solamente y recordar que cargaba un ladrillo marca Nokia en el bolsillo. Después, a fuerza de la repetición, no pude sino empezar a preguntarme: "¿En serio soy yo o es el mundo el que está mal?"

¿No importa?

¿En serio?

Noticia de última hora:  importa.

¿Y la cara de preocupación que mostraban al inicio? ¿Y mi angustia y la de su mamá qué, tampoco importa? ¿La eternidad que pareció transcurrir entre el nefasto momento y la llegada al hospital, porque tal vez, con toda la sangre que no dejaba ver nada, no era "sólo un diente", sino otra cosa? ¿Porque sueno adefesioso mientras hay otros problemas peores en este decadente mundo? ¿Porque qué haré si, Dios no quiera, algo más grave sucediese?

No hace falta ponerse existencial, mierda. Estas líneas solo están señalando algo simple: Qué fácil que es decir alegremente "No importa", "Es solo un diente", "Suenas exagerado", "Los accidentes pasan", "Así son los niños", "A mi hermano le pasó lo mismo". No, no siempre uno busca libros o frases de autoayuda. A veces solo recibir empatía es suficiente. Algunos la mostraron, otros no, y otros la borraron de un plumazo con un insípido: "No importa". ¡Un cabello de ella me importa! ¡Más un diente y todo el trauma que tiene que pasar en una sala de urgencias / silla de dentista!

Es un diente de leche, sí, pero es su diente de leche, maldición, y no debía salírsele así. Le importa a su madre y me importa a mí. Y una mierda. Claro que le va a volver a crecer, en tres o cuatro años. Y mientras tanto qué, ¿exponerla a los apodos? Un niño ya tiene bastantes problemas por sí solo en un mundo lleno de mierda como para tener que ponerle otra piedra en el saco.

Tampoco busco disculpas, que no aplican en este accidente, pero aunque la niña no tiene la culpa, creo que la otra parte involucrada, por lo menos podría decir un: "Es una pena que le haya pasado eso". No, nada. Si hubiera sido a la inversa, me habría preocupado sobremanera, habría ofrecido mi ayuda aunque me putearan y realmente no pudiera hacer nada, y por lo menos, por lo menos haría conocer que me apena mucho la situación que el otro está pasando cuando calmara la marea. Al menos así lo he aprendido.

Que hay acrílicos y otros inventos para mantener el espacio hasta que el otro diente baje. Bueno, por supuesto que eso ayuda. Con esas noticias, hubo alivio para Dani y yo. Pero yo seguía con coraje. Estaba solo, revolcándome en el sucio lodo de mi rabia e indignación. Mi hija, ajena a todos estos dilemas, se mostró contenta que el Rey Escorpión le cambiara el diente por unos juguetes. Un par de veces dijo que extrañaba su diente, y tuve que putear a las lágrimas para que fueran a joder a otra parte. Así pasaron los días, y el lodo se fue secando. Esas cosas pasan, sí, y ni modo, a lo que sigue.

No es ser adefesioso. Simplemente me pone de malas la falta de empatía, la facilidad con la que se minimizan las tristezas ajenas.

Y también porque en mis narices ocurrió todo. Yo, quien se supone debe cuidarla, le fallé. No hay excusas. La sangre que tenía encima aquel día me marcaba a fuego. Otra culpa más a la canasta. Que son accidentes y a los niños no se los puede criar en una burbuja, perfecto. En mi fuero interno sé que es verdad. ¿Pero saben qué? Ahora yo respondo: "No me importa".

No fui capaz de protegerla y punto.

Porque ese día no solo se rompió un diente, sino también mi confianza.

Y si quien lee esto mira incrédulo y se pregunta: "¿Por un diente solamente?", pues no me importa, y volvemos al inicio del post.